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Página nueva

Y si caigo,

¿Qué es la vida?

por perdida,

ya la dí

cuando el yugo

del esclavo

como un bravo,

sacudí.

Montábamos muy seguido a caballo mi papá y yo. Muchas veces con mi hermano Alejandro que me lleva 7 años y algunas menos con mi hermana, con su novio o con algún invitado en nuestra casa de Tlayacapan, pues era bastante común tener casa llena. Yo siempre me he despertado temprano, así que para mi los sábados eran días muy especiales, pues mi padre casi sin falta llegaba desde los viernes por la tarde e incluso, algunos viernes también nos daba tiempo de dar alguna vuelta corta con los caballos. Pero los sábados era el mejor de todos los días. Una vez despierto y dándome cuenta de que no había casi nadie más despierto, intentaba hacer algo de ruido (según yo nada fuerte) para ir despertando a los demás, ya fuera pateando mi balón de fútbol contra alguna pared, trayendo a los caballos al área en dónde los ensillábamos o jugando en el jardín. Al poco tiempo la estrategema daba resultados y ya sea mi madre, mi padre o alguno de mis hermanos se asomaban por allí o bien alguno aparecían por los pasillos, en la cocina o el comedor. Acto seguido mi madre se metía a la cocina para ir organizando el desayuno para la tropa mientras que mi padre se dirigía a su despacho que era sin duda mi cuarto favorito de la casa. El despacho era un cuarto de nuestra finca que una de sus paredes delimitaba la casa y otra alargaba el portón de entrada a manera de corredor. Los muebles del despacho eran de madera finamente tallada y pertenecieron a alguien de la familia de mi madre. Entre otros muebles, los que más me gustaban eran el escritorio, un sillón principal que parecía más un trono con el asiento tapizado en una tela como terciopelo de color rojo vino y que hacía juego con dos sillas que mi padre las ubicó frente al escritorio. Con dos banderas atrás y varios rifles parados más que una simple oficina, era el cuarto del trono, era el cerebro de la casa, de ahí que el nombre de la habitación era “El Despacho” con mayúscula. Pero mi pieza favorita era sin duda, el baúl. No se si solamente me pasa a mí, pero los baúles los considero misteriosos, guardan enigmas y capturan mi atención de inmediato, siempre curioso, era cómo buscar tesoros cada vez que me metía al despacho de mi padre. Cada vez que entraba buscaba si había algo nuevo, tenía que abrir el baúl para ver que más le habían metido o sacado y muchas veces me daba ideas para jugar o misterios que resolver. Pero regresando a la rutina sabatina, los desayunos eran sin duda algo que me gustaba mucho. La comida siempre era abundante aunque no necesariamente gourmet, desde simples tortillas de tortillería de pueblo con frijoles y huevos revueltos hasta algo más complicado como unos deliciosos chilaquiles o algunos tlacoyos que nos traía Inés del mercado, siempre acompañados de una buena salsa casera. Una vez concluído el ritual gastronómico, alistábamos los caballos para la cabalgata. Teníamos un cuarto en dónde guardábamos las sillas y el olor a piel y reata de ése cuarto, es algo que hasta el día de hoy recuerdo. Las sillas vaqueras era mis favoritas pues eran muy estéticas con su piel perfectamente curtida y de color negro o bien coloradas, bien labrada y garigoleada y su discreto fuste las hacía realmente bellas y también tenían un buen asiento, lo que las hacía muy cómodas, pero las charras nunca se quedaban atrás. Con el fuste en hueso, las argollas grandes, los enreatados finamente decorados y con alforjas, algo más simples que las vaqueras pero igualmente hermosas. Después de haber escogido y alistado las monturas, íbamos con los caballos que ya estaban amarrados afuera en el patio, los cepillábamos antes de ponerles las caronas y algunas veces me gustaba desenredarles la crin. Generalmente mi padre escogía al “Satanás” cuando salía con nosotros, pero muchas veces salía por la tarde sólo o conmigo y montaba entonces al “Sombra”, ambos negros y de mucho carácter, el alazán “Lucero” que tengo entendido que fue un gran colorado corredor era para mi hermana, y mi hermano Alejandro generalmente montaba a la “Muñeca” (una yegüita criolla blanca muy ágil pero asustadiza) o bien si había invitados nos tomabamos en turnos al “Palomo” y yo siempre procuraba montar al “Chico”, un criollo ruano que parecía estar más emparenatado con las mulas que con los caballos pero era muy fiel, bien arrendado y muy noble. El “Rocky” que era mi perro bóxer guardián, nunca faltaba en las cabalgatas y mientras preparábamos a los caballos, no podía ocultar su entusiasmo, correteaba por el jardín y daba algunos ladridos sabiendo que pronto sería tiempo de salir a cabalgar.

No tuve mucho tiempo de convivir con mi padre, pero en los pocos años que lo hice, el tiempo fue de calidad y las cabalgatas contribuyeron enormemente a ésto y tuve la gran suerte de conocer el México rural, en lugar de bicicleta tenía caballos y un perro que era mi fiel amigo. Durante las cabalgatas vivimos muchísimas anéctdotas y más de una involucró caídas, raspones, algo de sangre, culebras, polvo, lluvia y hasta balazos. Esta sin duda se convirtió en una de mis favoritas. Mi padre guardaba en su baúl una pequeña colección de rifles y pistolas de las cuáles no me he dado a la tarea de conocer su origen y creo que nunca lo haré, pero tenía una .45 escuadra cromada en negro, una .44 revolver negra también cromada, una beretta 9mm, una .357 magnum plata cromada, una Walther PPK y hasta una Luger del servicio secreto alemán. Solíamos escoger una arma para llevarnosla a cabalgar y en algún lugar lejano, cerca de la barranca que tenía una caída de agua de varios metros de alto o cerca de un llano que llamábamos los ciruelos, buscábamos algún árbol y colocábamos alguna moneda a manera de blanco y tomábamos turnos para disparar. Así transcurrieron muchas cabalgatas y muchos fines de semana.

Cursaba el quinto grado de primaria, se aproximaba el fin de curso, un dia que debió haber sido un jueves o uno de los días no tan lejanos al fin de semana, me dieron una noticia que no entendí del todo pero me dijeron que mi padre había sufrido un infarto. Como todos los días, mi madre me recogió del colegio, pero a diferencia de los otros días, esta vez me recibió con la noticia e intentó explicarme lo que había pasado y me dijo que iríamos a ver a mi padre de inmediato pues estaba internado en el Hospital. Llegamos a nuestra casa, me cambié rápidamente y nos dirigimos a la Ciudad de México que serían poco menos de dos horas de trayecto en carro para llegar a ver a mi papá. Para éste momento, yo vivía sólo con mi madre en nuestra casa de Tlayacapan mientras que mis hermanos mayores vivían con mi padre en el departamento de la Ciudad de México. El camino que tantas veces habíamos transitado y que conocía de memoria se me hizo eterno. En el carro durante el trayecto mi madre y yo platicamos mucho y me tranquilizaban sus palabras, sólo como las madres saben hacerlo. No recuerdo todos los detalles de lo que pasó ese fin de semana pero recuerdo que regresamos de alguna forma tranquilos de ver que mi padre había salido del hospital y estaba de regreso en casa. Después de éste fin de semana, las cosas para mi regresaron a lo que eran. El quinto grado de primaria era lo mismo y mi vida seguía siendo igual de buena. Lo que si cambió es que mi padre ya no iba tan seguido a Tlayacapan ni montábamos tanto a caballo, ibamos más seguido a la Ciudad a verlo. El infarto había sido fulminante y conforme pasaba el tiempo, las esperanzas de una recuperación sin intervención quirúrgica eran mínimas. Supongo que entre mi padre, mi madre y los doctores decidieron que la intervención quirúrgica era la mejor solución.

Finalmente llegó la fecha, mi madre y yo nos desplazamos ese viernes de nuestro querido Tlayacapan hacia la Ciudad de México. Recuerdo que llegamos y esa noche cenamos juntos y convivimos alegremente en familia. Seguramente muchas cosas fueron conversadas entre mis hermanos mayores y mis padres, yo no estuve presente, pero me encontraba en máximo sentido de alerta, creo que la incertidumbre que me rodeaba podía tomar forma física a ratos, más que mi sombra. En algún momento pude conciliar el sueño y dormí. Antes del amanecer del Sábado, lo llevaron al hospital para empezar con la preparación y demás pasos previos a la cirugía. La cirujía a la que se enfrentaba mi padre se le conoce como “Bypass Coronario” y era una cirugía muy complicada para la época, pues según lo que me explicó su cardiólogo, la mitad de su corazón no servía, en palabras textuales me dijo: “imagínate que su corazón es como una pelota de tenis. Y la mitad no sirve.” El objetivo del procedimiento quirúrgico era redirigir la sangre alrededor de una sección de una arteria bloqueada. Para esto le tomarían una porción de la arteria de la pierna (muslo) para puentear la arteria afectada en el corazón y así restablecer el flujo normal de su corazón. Sabíamos que con la tecnología que se tenía en ese momento, era una tarea, por demás difícil, pero era la única posibilidad de hacer que mi padre pudiera seguir con vida y pues nos teníamos que arriesgar como familia. 

Llego el Sábado, no se exactamente la hora en que llegué a saludarlo en el hospital, o más bien a despedirme de él, claro que en ese momento yo lo ignoraba, así que para mí, era llegar a saludarlo y desearle suerte, pero tuvo que haber sido por la mañana todavía. Recuerdo entrar a un cuarto del Hospital Mocel que estaba a pocos metros del departamento donde mi padre y mis hermanos mayores vivían en la Ciudad de México, en la calle de Gelati de la Colonia San Miguel Chapultepec. El mismo Hospital en dónde mi padre habría laborado durante los últimos 15 años, el mismo Hospital en dónde yo nací y el mismo Hospital en donde yo hubiera vuelto a nacer algunos años después. Recuerdo verlo acostado en la cama con una bata y cubierto con una sábana blanca muy típica de los hospitales. Desde que tengo uso de razón, recuerdo que me llamaba “Pelacuas” y me dijo: “Ven Pelacuas, pásale…” se sentó en la cama y me dio un abrazo. El sonido que hacía su collar con su placa y una medalla de Cristo, era muy peculiar y justo al abrazarme, fué que lo oí por última vez. Mi madre estaba parada junto a él y algo breve platicamos que no recuerdo bien lo que habría sido, pero al final me dijo con la sangre fría que lo distinguía: “nos vemos al rato Pelacuas” y yo salí de ese cuarto confiado y tranquilo de que así sería. 

En ese año, se estaba disputando la copa de futbol mundial en Italia y aquel Sábado había un par de juegos interesantes, así que cuando llegue a casa, vi alguno de los partidos que se jugaban. Después de eso no recuerdo muy bien que paso, pero fue confuso, las noticias que me llegaban a mi eran pocas y difusas, yo no sabía mucho lo que acontecía pero me tranquilizaba saber que todos en la casa estaban de más o menos buen humor y positivos. Llamadas por teléfono, idas y venidas al hospital fueron la constante de esas horas y la incertidumbre crecía como enredadera. Las paredes de la casa se hacían enormes a ratos y a ratos me aplastaban, queriendo quitarme el aliento. Creo que fue ese mismo sábado por la noche que mi hermano mayor (quién ya estaba casado y vivía con su esposa y su recién nacida) llegó al departamento para invitarnos a cenar tacos, porque parecía que la cirugía había sido exitosa. Recuerdo perfectamente que ya era más tarde de mi hora de cena habitual, ¿pero qué importaba si celebraríamos? Así, fuimos a una taquería de la colonia condesa muy cercana del departamento de mis padres. Esa cena fue en tono alegre de todos y que “festejamos” que parecía que iba a salir adelante de tan complicada cirugía. Esa noche tuve que haber dormido excelente porque no recuerdo nada. Tampoco del día siguiente, solo que se había complicado la situación y el semblante de mi madre se había desfigurado por completo durante todo el domingo. Las visitas al hospital por parte de todos nosotros, amigos y demás familiares no cesaron y de nuevo la incertidumbre crecía. Las paredes volvían a cobrar vida y a ratos me parecía un departamento muy grande y a ratos muy chico. Recuerdo que cuando llegó la noche y me fuí a dormir, mi madre me dio permiso de quedarme en su cuarto, en la cama con ella, así que allí, en medio de las sábanas y olor de mis padres, caí rendido nuevamente por la que se convertiría en compañera de muchos episodios de mi vida, la vieja incertidumbre. Unas horas después, una suave voz me despertó, siendo ya la madrugada de un lunes 11 de junio. Era la voz de mi madre que me dijo que mi padre ya no estaba con nosotros y que ya se había ido a descansar. Que aplastantes palabras pueden ser. No recuerdo casi nada de ese momento ni de como pasaron las cosas en el hospital, se que fuí, no se cuánto tiempo estuve allí pero no tuvo que haber sido mucho tiempo. El funeral no se cuando ni a qué hora empezó pero fue en una funeraria cercana a la Avenida Insurgentes Sur. Era la primera vez que sentía, que olía la muerte. Habiendo crecido en un pueblo, uno llega a mirar a la muerte, pero hay de muertes a muertes. Vi morir a mis caballos, enterré a mi perro guardián y yo mismo había matado palomas, tórtolas y muchas lagartijas y ratones para dárselos de comer a mi halcón, pero ésta muerte, la muerte de mi padre, es algo que no se digiere con facilidad. Pero es parte de la vida y así estaba yo entrando a dicha funeraria que me daba cierta paz. El aire, el olor era parecido al de una iglesia, no se si los espíritus despidan algún olor, pero yo diría que justo a eso huelen los espíritus. No recuerdo mucho más del funeral, sólo que me dió algo de hambre y le dije a mi mamá que me moría de hambre. Ella agobiada en pleno funeral y yo con hambre, qué podía hacer más que meter su mano al bolso, darme algo de dinero junto con algunas instrucciones, que no debía tardarme y que no me fuera lejos. Así que salí brevemente de la funeraria y a no más de 3 cuadras, sobre el mismo lado de la acera, había una tortería y juguería. Esa caminata corta me sirvió para tomar aire fresco y saciar mi apetito con una buena torta cubana y con un jugo de naranja recién exprimido. Después de ésto no recuerdo nada más del funeral.

El sepelio sin embargo fue hermoso. No sé cómo ni quien decidió que sería enterrado en un bello cementerio que está en la carretera “libre” entre Milpa Alta y Tlayacapan, a la altura de un poblado que se llama Juchitepec, allí, se encuentra uno de los panteones más bonitos que he visto, con una extraordinaria vista hacia el volcán Popocatépetl y en medio de una pradera rodeada de árboles. Qué buena decisión. No recuerdo muy bien los detalles del momento en que lo sacamos de la funeraria pero si tengo memorias del camino hacia el panteón. Durante el trayecto mi madre y yo decidimos que, al acabar la misa del sepelio, le pediríamos al padre, quien era amigo de la familia, que si me dejaba hacer la primera comunión como regalo de despedida de mi papá, ya que él siempre quiso verme haciendo la primera comunión católica y hasta ese momento, no lo había hecho. Por suerte me sabia los rezos mínimos requeridos para este rito católico y así lo hicimos. Ese recuerdo es uno de los más vivos que tengo de todo éste episodio. Me encontraba parado de frente al altar, creo que llevaba un pantalón de vestir a juego con el saco color beige, el padre Ricardo dando la misa, el féretro en donde descansaba el cuerpo de mi padre justo al frente mío, abierto por la mitad cómo sólo los ataúdes están diseñados y le regale mi primera comunión antes de despedirlo para siempre. 

Cabe mencionar que unos meses antes de la cirugía, entré a un concurso de oratoria y declamación en la escuela primaria a la que atendía. Siempre me había gustado participar en dicha competencia y cada año escogía poemas más largos y retadores. Ese año en particular, unos meses antes de la cirujía le pedí ayuda a mi papá para saber qué poema le gustaría a él que recitara. Mi papá me dijo algo como: “oye Pelacuas, porque no recitas La canción del Pirata, es un muy buen poema que me gusta mucho”. Así que me di a la tarea de encontrarlo. Tuve la suerte de encontrarlo publicado en uno de los 20 tomos de: “El Nuevo Tesoro de la Juventud” de la editorial Grolier que teníamos en casa y me lo aprendí perfectamente y me gustó mucho declamarlo, aunque no gané, pude llegar a las semifinales. Para mi hoy en día representa algo mucho más profundo de lo que fué el día que lo declamé en la competencia, y todo porque el día del entierro, al acabar los rezos y ritos católicos del sepelio y de la primera comunión, me paré enfrente del féretro y le recite este poema de José de Espronceda, aunque no lo pude terminar pues la emoción me ganó. En ese momento fué un adiós o un hasta luego, sin embargo, al pasar los años he recitado ese poema en mi cabeza un millón de veces, he leído sus versos una y otra vez y se ha convertido en mi poema. Lo he hecho mío y aún así, cuando me acerco a los versos finales se convierte en una ola gigante que acarrea cada vez más agua que me golpea pero a la vez me alivia con su espuma, adquirió un significado muy especial para mí y hoy en día, a muchos años de la muerte del pirata, me saca todavía alguna lágrima tímida que se niega a salir y que araña mi garganta. 

Ese fin de semana no sólo cambió mi vida en la forma que hasta ese momento había sido, sino que también éste fin de semana fue un elemento formativo de mi carácter, me convirtió en la persona que fuí y en alguna medida en la persona que soy.