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La primera vez que cumplí trece años

Se acercaba el fin de año escolar, el año era 1992 y con ellos todas las expectativas y planes para disfrutar del verano en mi querido Tlayacapan. Al menos, así pensaba yo, pero algo estaba pasando de lo cuál yo sospechaba algo, pero no sabía bien lo que le pasaba y era que algo venía mal con mi mamá. Lo único que yo había notado era que últimamente tenía más dolores de cabeza y migrañas que antes, pero la verdad no les di mucha importancia, pues se veía bien y su humor fuera de éstos episodios era normal. Seguimos haciendo nuestras locuras, de hecho algunos días antes de decirme lo que me dijo, habíamos ido a ver a Don Lucio a Totolapan y ella estaba en pleno apogeo de los rituales del trueno, pero al poco, tuvimos una conversación que me dejó atónito. Una de las consecuencias de la muerte de mi padre fué que mi madre y yo nos volvimos prácticamente inseparables y ella me confiaba muchas cosas y los diálogos que soliamos tener eran no sólo eran los típicos de una madre educando a su hijo de trece años, también en muchos aspectos, yo era un confidente y secuaz para ella. Pero ese día me llamó a su despacho. Al igual que mi padre, ella tenía su despacho. Tenía su oficina con sus libros, mantras y mandalas y hasta un tapete en el suelo porque ya ella había puesto de moda el yoga en Morelos antes de que fuera “mainstream”. Me llamó porque quería enseñarme algo y no recuerdo con que palabras empezó la conversación, pero me dijo que durante las próximas semanas o incluso meses, ella leía que en su carta astral iba a ser puesta a prueba y que existía la posibilidad, que dicha prueba le quitara la vida. No me quiso decir mucho más, empleó algunos términos técnicos propios de la jerga astrológica pero el mensaje ya estaba entregado y se estaba procesando en mi cerebro. Surgieron preguntas, ella intentaba explicarme y me dijo que no me preocupara, que también podía no ser y que iba a tener mucho cuidado de ella misma y que me pedía paciencia y apoyo para está jornada que se avecinaba. Digo, ¿Cómo se reacciona ante algo así? Busqué dentro del repertorio de emociones a ver cuál quedaba mejor pero no encontré ninguna y gracias a que no le doy importancia a escenarios hipotéticos, si no que me enfoco en el presente, la preocupación y el miedo no me hacían sentido, así que no tuve mucho problema en seguir adelante y al final la vida continuó relativamente normal; fuera de que su curiosidad estaba en pausa y se alejó un poco de su eterna búsqueda de conocimiento, mantuvo más contacto con sus amigos cercanos pero fuera de eso, todo seguía normal durante varias semanas que pudieron ser algunos meses. El pintor amigo de la familia que hizo de nuestra casa su hogar también, fue un gran apoyo. Él ya se había instalado permanentemente en el cuarto que alguna vez sirvió de bodega para las sillas de montar. Él venía de la ciudad de México y se quedaba con nosotros durante unos 3 ó 4 días de la semana y todos los sábados buscaba con quién regresarse o tomaba el autobús y se regresaba a la ciudad para vender sus obras en un puesto que tenía en un tianguis y que se ponía los domingos. Me había acostumbrado ya a su presencia, al aroma de las pinturas, el compresor de aire cuando lo encendía y al sonido de su saxofón y guitarra que tanto le gustaba tocar. Había una cierta paz que emanaba de su ser que lo hicieron un amigo mío. Se llamaba Noé y le gustaba mucho vestir de blanco. Soliamos tener conversaciones muy buenas, intersantes y largas.
Por fin las vacaciones de verano llegaron, como todos los años, pocos días después de mi cumpleaños número trece. El número trece está envuelto en una aura misteriosa. Para muchas personas es de mala suerte y la creencia popular lo sitúa como de mal augurio. Por otro lado, en la numerología se considera un número kármico o de alta carga energética. Según esta creencia, se analizan los dos números individuales primero, el 1 por un lado y el 3 por el otro y se le da un significado al conjunto 13 dando cómo resultado un número asociado a la muerte y renacimiento, a una transición. Pero en ese momento el objetivo no era saber de numerología sino festejar y ¡vaya que fué un gran festejo! Creo que debió haber ido la mayoría de mi grupo de secundaria y recuerdo que nos mojamos con pistolas de agua, bailamos rap al ritmo de “Capitán” de Caló y nos la pasamos increíble. Mis hermanos llegaron de la Ciudad de México y tuve mi pastel favorito. Sin duda fué un gran festejo de cumpleaños. Además, los planes de las vacaciones estaban hechos e iríamos a ver a mi abuela en El Paso, Texas y a la hermana de mi mamá y todos mis primos en Chihuahua. Para mi eran unas vacaciones de ensueño, pues ya con anterioridad, mi mamá nos metía a mi hermano Alejandro y a mi en un omnibus en la terminal de autobuses del norte de la Ciudad de Mexico y unas veinte horas después, nos recogía mi tía en la terminal de autobuses de la Ciudad de Chihuahua. Así pasamos varios veranos y siempre eran veranos para recordar. 
Éste verano sería algo diferente, pues mi mamá decidió acompañarnos y tuvimos otra conversación sobre el tema de su vaticinio fatal y las vacaciones de verano. Me dijo que la intención del viaje era ver a su mamá y su hermana en lo que bien pudiera ser su última vez. En ésta conversación también me reveló algo más intrigante por decir lo menos y me dijo que le había pedido a un amigo de ella que fuera con nosotros y que nos iríamos manejando. La idea en principio me parecía mucho mejor que ir en el omnibus así que no puse objeción, pero me intrigaba el porqué iríamos con su amigo. Que la verdad me caía muy bien y era amigo de la familia ya de algunos años pero poco a poco me fue aclarando las cosas conforme las pude ir digiriendo. Me expuso que por lo que ella veía en su carta astral, la prueba a la que se enfrentaba iba a ser en el próximo ciclo, no se exactamente qué quería decir eso. También me dijo que interpretaba que sería en una carretera y que por eso ella no manejaría ninguna parte del trayecto. Todo el viaje lo manejaría mi hermano Alejandro y nuestro amigo Rubén. Así pues elevamos anclas y nos dirigimos hacia el norte. Nos pasamos un verano increíble y creamos muchas memorias y recuerdos que siempre atesoraré. Todo el viaje, desde el primer día hasta que regresamos lo disfrutamos. No pasó absolutamente nada raro en las carreteras de México ni con mi mamá y así regresamos a nuestro querido pueblo todos sanos y salvos para empezar el segundo año de la secundaria.