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Introducción

El día es precioso. El cielo está completamente azul con un par de nubes muy esponjosas blancas. Todavía es de mañana y disfruto de unos tlacoyos de frijoles para desayunar, que trajo Inés del mercado. Los baño en esa salsa que le quedaba muy picosa pero tan buena. Era una de esas semanas de alguna vacación de la escuela, en las que mi mamá no estaba con nosotros en la casa y nos dejaba a mi hermano y a mí solos por unos días, en lo que ella iba a ver a mi padre y a mis otros hermanos en la Ciudad de México. Pero en esta ocasión teníamos un invitado, uno de los mejores amigos de mi hermano se estaba quedando con nosotros en la casa. Le decíamos Tello. El Tello se despertó para desayunar conmigo. Mi hermano estaba todavía dormido. Mientras desayunamos me pregunta que si quiero ir con él a subir el cerro de la Cruz, “la crucecita” le decíamos en el pueblo. Y cuando hablamos de subir cerros o salir a montar a caballo, soy el primero en la lista, así que de inmediato acepto. No recuerdo la hora exacta pero habrá sido un poco antes de mediodía que salimos de la casa. Ese cerro no era de mis preferidos para subir, me tenía mal acostumbrado el Tlatoani, que tanto le gustaba a mi mamá, pero la vista desde la cruz era muy bonita. Simplemente no le encontraba mucho sentido a eso de subir a ver la cruz que estaba puesta a mitad de la subida del cerro, porque cuando uno sube al cerro de la Cruz, no llega uno a la punta, pero bueno, no le decía que no a los cerros de mi pueblo. 

Durante la subida ibamos hablando poco, seguramente nada importante. Lo bueno es que con el Tello se platica muy agusto, así que seguramente ibamos felices de subida. No es una subida particularmente dificil, con la práctica que tenía, estimo que en menos de dos horas desde la puerta de mi casa, habíamos llegado al mirador. Al llegar a la cruz, se encuentra uno una cueva poco profunda, que sirve para descansar y aprovechar a ver el panorama. Abajo se puede ver el cauce del río de temporal que bordea el pie del cerro. Allá abajo, se encuentran un par de barrancas grandes y verticales que cuando el río trae agua por las lluvias, se hacen unas cascadas de agua que siempre me llamaban la atención. En una de esas paredes, se puede ver una cueva y se decía que en esa cueva, Emiliano Zapata había escondido oro y plata que le había robado a los federales en los tiempos de la revolución. Nos sentamos en la cueva con los pies colgando viendo Tlayacapan. El aire que traía el viento era fresco y aún más con la frescura que nos ofrecía la cueva. Yo disfrutaba  cómo si hubiera conquistado el Everest, pero disfrutaba de la simpleza. Hoy en retrospectiva, sé que lo que más me llena es eso, la simpleza de las cosas. Puedo vernos a los dos, sentados con los pies colgando sin decir nada, un silencio hermoso que lo decora el viento sutil y lo convierte casi en una melodía. Viendo el horizonte frente a nosotros y disfrutándo el momento. De repente el viento cambia. Se llena de un sonido raro, que no distingo. Nos volteamos a mirarnos y rapidamente queremos entender la situación, pero no se logra ver nada. El sonido se empieza a distinguir cómo un zumbido. Éste aumenta de volumen y se siente cerca. Volteamos para todos lados pero aún no se ve nada. Cuando de pronto Tello me dice: “No... te... muevas” y el sonido se convierte en imagen, no doy crédito a lo que veo, un enjambre de miles y miles de abejas pasando a escazos par de metros de nosotros. Estoy paralizado, no se ni lo que pasó por mi cabeza en ese momento, justo en esos días nos habían dado pláticas en la escuela sobre las abejas africanas que habían llegado a México y estaba de “moda” el tema de las abejas africanas. Creo que todo eso se estaba procesando en mi cerebro cuando me doy cuenta que, así cómo llegó... el enjambre se fué. 

No considero ésta experiencia nada más que un susto, pero si la veo cómo una experiencia en la que tuve buena suerte. Y no pretendo dar una cátedra ni escribir un libro sobre el éxito, la suerte o la buena fortuna. De hecho, no estoy tan seguro que la suerte exista cómo un ente que para algunos les juega a favor y a otros en contra. Lo que si quiero es relatar que está ahí y se hace presente. En mi vida se ha hecho presente varias veces y de diferentes formas. Algunas veces con tintes de fantasía y otras más de manera más sobria. Los relatos que les presento tuvieron que tener un principio. El genésis de mi buena suerte, creo que se ubica en mi infancia, pero al poco la incertidumbre toma la estafeta y establecen entre ambas un toma y daca que considero nutritivo. Pero la incertidumbre, al igual que su popular hermana la suerte, son grandes maestras que nos llevan y nos enseñan si las sabemos escuchar y ésta es mi manera de darles voz.