Skip to main content

1.1

Una de los cúmulos de experiencias que considero altamente formativas para mi, sucedieron en mi infancia y cabe decir que también fueron varias experiencias poco comunes, por decir los menos. La primera que a continuación narro, sucedio muy temprano en mi infancia. No recuerdo exactamente el año, pero sucedió en los primeros años de mi niñez. Aquella gran y fantástica década de los 80’s, cuando el Walkman de Sony y Michael J. Fox se apoderaron del mundo. El cine y la televisión a color vivían su esplendor. Aquellos años en los que las madres comunes abarrotaban las peluquerías buscando hacerse el permanente, el mejor copete o el mejor fleco y se vestian de mallas rosadas para hacer aeróbics desde su salas al frente del televisor, enamoradas platonicamente de los instructores. En esos primeros años de los 80’s, a mi madre, quien no era para nada comun, se le ocurrió aprender astrología y así busco una maestra. No conozco el detonante ni los detalles de dicha búsqueda, pero consiguió ser una de las alumnas de la “Maestra” Lupita. 

La astrología se autoproclama una ciencia que se basa en ubicar la posición de ciertos astros en el momento más o menos exacto del nacimiento de una persona para determinar así, varias cosas. Al menos eso sería el concepto coloquial de Astrología. Pero cuando uno la estudia de fondo, es un de los objetivos principales de dicho estudio, el aprender a elaborar “Cartas Astrales” que, basadas en efemérides y almanaques, que se compran en librerías ocultistas y esotéricas, se consiguen las posiciones de estos astros y se capturan en dicha Carta Astral. Estos astros guardan ciertas relaciones entre sí y con los diferentes signos del zodiaco y de ésta forma, se trazan ciertas figuras que se crean con ciertas reglas y relaciones. Dependiendo de la posición de estos astros en cada signo del zodiaco y las figuras que se forman en la carta astral derivadas de dichas relaciones, se pueden identificar desde rasgos de personalidad hasta acontecimientos que sucedieron o incluso venideros. Si bien es cierto que a la astrología no se le puede considerar una ciencia, sí requiere cierto conocimiento que se deriva del estudio y el manejo de mucha información. Información que se debate entre la certeza y la falacia y casi toda está basada en observaciones que no están probadas por el rigor del método científico, pero al fin y al cabo, mucha información e interpretación de dicha información. Razón por la cual, se aprende y estudia. Y démosle el beneficio de la duda pues al fin y al cabo, somos polvo de estrellas o polvo cósmico. Una vez que el alumno tiene todo este conocimiento y ya lleva años aplicándolo y haciendo cartas astrales, se puede dedicar también a enseñar y la astrología se ha enseñado y pasado de maestro a alumno, desde hace cientos de años. Así, la “Maestra” Lupita le enseñó a mi madre mucho de la astrología que a ella tanto le terminó fascinando. Fueron pocas las veces que vi a la “Maestra” Lupita. Ella vivía en un departamento vecino a la Avenida Insurgentes, al sur de la Ciudad de Mexico, pero no recuerdo exactamente en dónde. También recuerdo que ella tejía a mano unas pulseras y collares con hilos de diferentes colores que nos regalaba y en mis memorias me sale la imagen de su sala, que era muy oscura. La “Maestra” era ciega, pues tenía cataratas en los ojos pero de alguna manera, sabia siempre quien estaba cerca de ella, pues con solo tocar las manos de las personas al saludarlas, sabía perfectamente a quién estaba saludando e incluso sabía algunos de nuestros pensamientos o sentimientos y nos hacía preguntas sobre ellos, cuál auténtica vidente. Tengo entendido que la “Maestra” Lupita fue un referente de la Astrología en México, pues tenía muchos alumnos y más de uno fueron astrólogos de los famosos e incluso de políticos. Es bien sabido que mucha gente gasta pequeñas fortunas para que les generen, actualicen e interpreten sus cartas astrales. No sé bien el año en que la “Maestra” murió, pero le dió tiempo a mi madre de ser su alumna varios años y vaya que fue buena alumna. Recuerdo que compraba toda clase de libros y las dichas efemérides y se la pasaba haciendo cartas astrales para toda la gente. La práctica la convirtió en una maestra y durante éstos años, mi madre desarrolló una base de conocidos y clientes y fue así también, que se dedicó a la creación e interpretación de cartas astrales por decirlo de alguna manera, profesionalmente, logrando amasar en el camino, una pequeña tribu de alumnos o estudiantes quiénes le fueron presentando diferentes corrientes, sectas y creencias. Además coincidió que, durante estos años fue que nos mudamos a vivir a un rancho que mi padre construyó en el poblado de Tlayacapan en el Estado de Morelos, a poco más de 70 kilómetros al sur, por la carretera que sale de la Ciudad de Mexico, por Xochimilco y San Pedro Atocpan.

Me permito hacer un paréntesis aquí para contarles acerca de nuestro Tlayacapan. Tlayacapan fue el sueño utópico de unos jóvenes, que a finales de la década de los 60’s, realizaron una muy noble labor social, llevando a cabo muchas obras, entre ellas de educación: en dónde apoyados en alguna medida por la UNAM, fundaron el primer bachillerato en el pueblo (CCH – Colegio de Ciencias y Humanidades afiliado a la UNAM), hicieron obras de infraestructura municipal como entubado para la distribución y almacenado de agua proveniente de diferentes manantiales, algunos acueductos para drenaje de aguas negras y además algunas obras de alumbrado público. Con sus acciones desarrollaron un fuerte sentido comunitario en el pueblo que logró cimentarse en la conciencia social del poblado. Cuando el sueño parecía que se convertiría en realidad, tuvo inmediata sepultura, pues como muchas cosas en México, la grilla política originó celos y pugnas entre algunos caudillos del pueblo, que dieron como resultado la muerte de esta utopía. Sin embargo, el espíritu seguía vivo a principios de la década de los 80’s que fue cuando nosotros llegamos. La figura del “Padre Claudio” quien fuera uno de los líderes de este grupo de jóvenes, seguía presente como un fantasma que se negaba a irse. Se le sentía en los puentes de la barranca, en las calles empedradas y aunque nunca lo conocí, todo el pueblo sabíamos quién era. La que alguna vez fuera su casa seguía siendo referencia local con sus hermosas paredes de adobe y bugambilias rojas y moradas colgando mecidas por la brisa. El viento que corría por los pasillos del Ex-Convento del templo de San Juan Bautista cargaba todavía las liturgias que el Padre Claudio habría de leer, la antigua cerería y varios puntos más del pueblo, hacían referencia constante a su nombre como si se lamentaran por su ausencia y se conformaran con su espíritu. Pero ese no era el único fantasma en Tlayacapan. Allí convivían también otros fantasmas. Se vivía cierto misticismo nacido de las creencias mexicas que se arraigaban a sus raíces y era parte del día a día del lugar. El mestizaje encontró aquí su lugar y parecía que también su tiempo. No puedo pensar en mejor imagen para definir a una palabra como Tlayacapan define al mestizaje: Quetzalcóatl se encontraba en la Iglesia de Santiago y el otrora cura del pueblo rezaba hacia La Meca en el ocaso. La ciencia y la medicina se mezclaba con la Astrología y otras creencias. Se podían escuchar historias de excorcismos, posesiones y mal diagnosticadas y tratadas meningitis. Algunas veces los hechos se mezclaban con la imaginación. Fue aquí, en este poblado en donde la astróloga y el cirujano neumólogo también intentaron hacer de Tlayacapan, su utopía familiar. La concibieron y durante algunos años así lo hicieron, construyendo con tesón y ahínco una casa grande en un terreno grande en las afueras del pueblo; tuvieron caballos, perros, gatos y yo tuve brevemente un criadero de cerdos. Un halcón Harris vigilaba celosamente a cualquier visitante de la casa y algunas veces a los incautos que pasaban desapercibidos por el jardín, se les aparecía la señora del rosal a saludar. Allí, en esa utopía incipiente fue que conocí, aparte de la astrología que mi madre practicaba; al Islam, a los esenios, la magia indígena, la herbolaria y algo de brujería.

Después de la astrología, conocí el Islam. No se cómo fue que mi madre conoció a Tynetta Muhammad, no pretendo contar la historia de “Mother Tynetta” como le gustaba que le llamaran, pues no es mi intención ni conozco bien su historia. Pero sí quiero contar de un pequeño pedazo de nuestra historia con ella y su credo. Tynetta Muhammad fue la esposa de Elijah Muhammad, quién fuera un líder religioso del Islam en los Estados Unidos. Elijah Muhammad fue alumno de Master W. Fard Muhammad quien a principios de los 30’s cuando los Estados Unidos se empezaba a recuperar de la gran depresión y todavía se vivía una marcada división racial, predicó la religión del Islam. En esos años había bastante discriminación existente en los Estados Unidos, razón por la cuál ciudades como Detroit o Chicago, que acogieron éste credo, se convirtieron en ciudades santuario para la gente de raza Afro-americana. Uno de los fundamentos del Islam, al igual que el Cristianismo es que todos los hombres son creados iguales y que no debería haber distinción de razas, pero Elijah Muhammad le dió un pequeño giro o condimento, pues proclamaba que la gente de raza Afro-americana debía “regresar” a la religión de sus ancestros y no aceptar la religión impuesta por la gente que los había esclavizado en aquel país. De ahí que éste pensamiento o doctrina tuvo un gran auge y éstas ciudades se convirtieran en santuario durante varios años. Se construyeron muchas mezquitas y desde finales de la década de los 30’s hasta los 70’s fue el auge y consolidación de esta religión en aquel país. Elijah Muhammad se posiciona como el máximo líder del Islam en los Estados Unidos y muchas personas famosas de raza Afro-americana absorben este credo; tal es el caso de Malcolm X, Louis Farrakhan y Mohammed Ali. Fue durante éstos años que Elijah Muhammad conoce a Tynetta Muhammad y se casa con ella, siendo él ya una persona mayor y ella todavía muy joven. Tuvieron cuatro hijos y ella se muda a vivir a Cuernavaca. No sé cómo ni porque Tynetta siendo de Detroit, habiendo viajado a La Meca y siendo un símbolo y referente del movimiento islam en los Estados Unidos, terminó viviendo en Cuernavaca, Morelos, pero así fue. Cuando mi madre la astróloga, conoce a Tynetta, ella ya era viuda (aunque joven todavía) y tres de sus cuatro hijos vivían en Chicago, solo el menor; Ahmed, vivía con ella en su casa de Cuernavaca. La casa era bellísima, recuerdo que era muy grande. Hermosamente decorada con motivos islamicos y totalmente de color blanco. Como estaba construída pegada a un peñasco, el garaje estaba hasta abajo y uno iba subiendo de niveles. En el primer piso tenia un jardín con una fuente coronada con la media luna del islam, en ese piso estaba también la cocina y el comedor. Lo que mejor recuerdo yo, aparte de las delicias culinarias con las que nos agasajaban, era la alberca, que es en donde obviamente pasaba yo mi tiempo cuando estábamos de visita en casa de Tynetta. Me encantaba esa alberca, pues estaba en la parte de hasta arriba que daba al campo de golf. Algunas veces nos quedábamos a dormir y me dejaban tocar los instrumentos musicales. Ahmed tocaba el piano y los teclados y tenían una batería y guitarra eléctrica en un cuarto de música. A mi todo eso me parecía de gran lujo, pues todo era perfecto en esa casa. No sé si fue su vena de reportera o periodista o cómo fue que se conocieron, pero Tynetta y mi madre se volvieron buenas amigas. Estoy seguro que las vinculaba la búsqueda de conocimiento y las ganas de aprender más de la vida. Reconozco gran madurez de cada una para aceptar y escuchar a la otra. Podían pasar horas platicando independientemente de su punto de vista individual. Mi madre les hizo las cartas astrales a ella y a toda su familia, siendo ya una astróloga consumada y gran devoradora de libros esotéricos, pero nunca dejaba de lado su pensamiento ecuménico y se llevaba con todos los credos por igual. De igual forma, Tynetta nos presentó el Islam a mi madre y a mí. Nos enseñó a saludar y dar las gracias en árabe según las enseñanzas del Islam y hasta nos regaló un Qur’an en árabe e inglés. Pasábamos mucho tiempo juntos, la llevamos a todas las ruinas y vestigios indígenas que conocíamos: desde las pirámides de Teotihuacán y los Gigantes de Tula hasta las ruinas de Xochicalco y el Tepozteco. En cada una mi madre le daba su particular punto de vista sobre la magia ancestral indígena o la cosmogonía del lugar y claro que algunas veces, se nos pegaban algunas otras personas interesantes en estos viajes. Tynetta también llegó a pasar alguna Navidad con nosotros y varias reuniones en Tlayacapan con gente de varios credos, entre ellos el cura del pueblo, que por cierto, en algún momento colgó la sotana del catolicismo y se convirtió al Islam y también hacia cartas astrales! De hecho, la última vez que fui al pueblo a buscarlo, todavía seguía vivo, haciendo cartas astrales y rezando en el ocaso hacia La Meca. Siempre recordaré con mucho cariño a “Mother Tynetta” y gracias a ella y a mi madre, pude conocer el islam, muy poco conocido en Mexico y más desconocido en esa época.

En paralelo a las vivencias anteriores, mi madre siempre curiosa y hambrienta de conocimiento, buscaba descubrir o conocer más sobre la magia o misticismo que rodea a las culturas indígenas mexicanas. Habrá sido durante los últimos años de la década de los 80’s, mientras todos los demás chicos jugaban con su Atari, salían a andar en patineta o avalancha, yo me iniciaba como guerrero del fuego. Que la verdad no sé qué significaba pero aparentemente a mi madre le gustó esa idea y así fuimos a iniciarnos. Pero antes del viaje de iniciación, ya llevábamos algún tiempo frecuentando a un grupo de personas. Habrán sido dos parejas de quiénes recuerdo todavía el nombre. El hijo de una de las parejas, se convirtió en amigo mío y pasábamos algunas tardes jugando juntos. Ellos muchas veces hablaban náhuatl entre ellos pero también perfecto español. Pues fue éste grupo de personas, los que nos convencieron de hacer el viaje de iniciación que a continuación les relato. El ritual empezaba temprano en la mañana, de hecho desde la noche anterior uno tenía que preparase. Los que hicimos éste ritual, nos habíamos quedado de encontrar en la casa de alguno de ellos en la parte alta de Tlayacapan. Según el ritual, uno debía irse a la cama en ayunas. Bueno cama es un decir, porque la cama según el protocolo, tenía que ser un petate puesto sobre el piso de tierra. Así dispusimos todos los petates en una sala de piso de tierra y nos acomodamos como pudimos. No recuerdo cuántas personas pero tampoco fueron muchas, tal vez éramos unas ocho personas. Poco dormimos, pues creo que yo estaba acostumbrado a mi cama y no pude conciliar bien el sueño. Salimos de Tlayacapan antes de las 5 de la mañana, cuando todavía no salía el sol y caminamos hacia al Tepozteco. La primer meta era alcanzar el camino entre los montes justo al amanecer y la meta final era llegar a Amatlán de Quetzalcóatl para llevar a cabo el rito de iniciación en el temazcal pasado el mediodía. La mejor ruta era adentrarse por un paso que hay entre la población de Tlanepantla y Tlayacapan, en dónde no eran tan escarpados los cerros y se podía uno meter a la garganta que se forma entre la verticalidad del Tepozteco del lado de Tepoztlán y los cerros de Tlayacapan y llegar por allí a Amatlán. Ésta garganta siempre me pareció un paraíso. Corría un arroyo de aguas cristalinas y por algunas partes de las rocas, se encontraba uno manantiales que se sumaban al arroyo, formando cada vez un arroyo mas grande hasta que se hacía un río que desembocaba en Santa Catarina. Pero regresando al rito, parte importante de éste era el ayuno, así que desde que despertamos, no podíamos ingerir alimentos hasta después del rito en el temazcal y una vez iniciados, solo vegetales durante las próximas horas. A mi edad y con mi contextura, esto me parecía ya un reto bastante significativo, digo, yo estaba acostumbrado a subir cerros, pero por lo menos con un par de huevos rancheros, no en ayunas!

Ya adentrados en los cerros, en algún punto del camino antes de meternos en la garganta y con el sol de la mañana, encendimos un fuego con ocote y otras ramas disponibles del lugar. Nuestros acompañantes o debo decir, los líderes indígenas hicieron un ritual que era totalmente nuevo para mí; primero iban vestidos de blanco completamente, después empezaron a recitar algo en náhuatl a manera de cántico y sonar la caracola hacia los cuatro puntos cardinales. Una vez recitada la plegaria y habiendo sonado la caracola, en cada punto cardinal, teníamos que saltar sobre la fogata que tenía ya unas buenas lenguas extendiéndose hacia el cielo. Terminando este pequeño ritual, seguimos el camino por unas pocas horas mas. Algún tiempo después volví a hacer este camino y a paso constante son como 4 horas de camino sin parar, así que como íbamos caminando más lento y con el tiempo que nos llevó hacer el ritual, seguro arribamos a Amatlán alrededor del mediodía y para estas horas, mi estómago rugía literalmente por alimento. Pero todavía faltaba lo peor. Para mí fue una verdadera tortura tener que aguantar tanto tiempo sin comer, caminando, encendiendo fuegos, sudando y cuando pensé que todo había acabado, el ritual del temazcal pareció durar una eternidad. Primero tuvimos que encender otro fuego, para poner 21 piedras volcánicas de la zona a calentar. Esperamos mucho tiempo a que las piedras estuvieran tornándose rojizas para meterlas al hoyo del improvisado temazcal. Mientras las piedras se calentaban, hicimos la estructura del temazcal, que no era otra cosa que una estructura tipo iglú de palos de madera y después recubierta con cobijas de lana o alpaca que alguien había llevado. Una vez acomodadas las piedras en el hoyo, nos hicieron meternos a todos y sentados con las piernas cruzadas o bien en posición fetal, se llevaba a cabo el rito de iniciación. Los guías decían plegarias que no tengo idea de lo que significaban, pero sonaban muy en serio, acomodaban ciertas hierbas en las piedras y chorreaban agua en las piedras. Como era de esperarse, salía mucho vapor con el olor de estas hierbas y en varias ocasiones estuve a punto de salirme por el calor. El vapor era insoportable, me chorreaba lodo por todo el cuerpo y en cada respiración, parecía que inhalaba aire del mismísimo infierno. Aparte que no soy muy bueno aguantando calor. Pero el ritual si que tiene un significado y es una alegoría al vientre materno, que en este caso se supone que es el vientre de la Madre Tierra y representa un viaje al origen del humano, un viaje a tu origen y cuando sales del temazcal, es como renacer… pero iniciado. En los siguientes temazcales que participé, la verdad es que los sentí mucho menos dolorosos, incluso placenteros, pero éste en particular me fue difícil de digerir, no se si fue el ayuno, el desconocimiento o que estaba en calzones totalmente desprevenido e incauto de lo que estaba sucediendo y mi mente estaba enfocada en comer y recordemos que tenía no mas de 10 años de edad. Una vez afuera, se daban las gracias los unos a los otros, alguna de las mujeres nos acercaron a mi madre y a mí, platos desechables con vegetales cocidos, que otras circunstancias creo que no me los hubiera comido, pero estando tan hambriento como estaba, me supieron deliciosos y así, literalmente de la noche a la mañana, me había iniciado como guerrero, que todavía al día de hoy, nunca supe para qué. Después de esta experiencia, los temazcales se convirtieron en algo más cotidiano, de hecho mi madre termino construyendo uno de adobe mucho más cómodo que la estructura de madera que inicialmente conocí. Lo construyó en la parte trasera del terreno de nuestra casa en Tlayacapan. Los temazcales se convirtieron en algo que le presentó a mi madre a otras personas muy curiosas como los esenios y su Psicocibernética, a Indra Devi, los brujos de los truenos o al Dr. José Arguelles y su Dreamspell.

Sobre los esenios y la Psicocibernética también fue algo bastante curioso. Los Esenios son un grupo o secta, que considero yo como de buenas intenciones pero que no sirve para mucho. Tal vez para que algunas personas tengan trabajo y logren ganarse algo de dinero, pero es interesante el concepto. No pretendo poner etiquetas sobre ellos, pero vale la pena recordarlo como algo que sucedió también en nuestra casa de Tlayacapan. 

La Psicocibernética Esenios fue fundada por un señor llamado Sergio González de la Garza, quien decía haber tenido la visita o la revelación de un ser de luz o extraterrestre llamado Numu cuando estuvo clínicamente muerto por varios minutos. Contaba que Numu lo había instruído para llevar a cabo curaciones. Todo lo que supuestamente le había enseñado Numu y las conversaciones que habían llevado a cabo, las escribió en una serie de libros de ciencia ficción a lo largo de algunos años. Creo que hoy en día se pueden conseguir copias de estos libros. Fundó también un Centro de Estudios de este tema, a través del cual impartía seminarios y retiros y enseñaba a la gente a llevar a cabo estas curaciones. Tuve la oportunidad de participar en un par de seminarios y también en un retiro en Monterrey y me sorprendió la cantidad de personas que se creían el cuento, y me sorprendió que mi madre también, pero en fin. La idea principal de estas técnicas o enseñanzas de curación es que todo el proceso curativo se lleva a cabo en la cuarta dimensión (lo que sea que signifique) a través del control, manejo y proyección de la energía a través de la mente, según ellos. Su hipótesis se basa en que toda enfermedad es derivada de malos pensamientos y los miedos. Al menos así es cómo se publicitan. Hasta aquí suena a falacia, que si lo es, pero también muchas personas que hacen esto, lo hacen desinteresadamente. Puede ser que este señor Sergio, lo haya hecho como negocio, pero muchas de las personas que lo seguían, daban todas estas terapias sin costo y nunca buscaban enrolar a los pacientes a los seminarios y retiros. Muchos de sus discípulos que se tragaron el cuento, buscaron el bienestar de su comunidad ofreciendo terapias y sanaciones sin costo. Así fue como nuestra casa de Tlayacapan se convirtió en un centro de sanación que más parecía un hospital improvisado. Mi madre junto con algunos de sus “seguidores” o “alumnos” y yo incluido en varias ocasiones, dábamos terapias gratis para la gente los días sábados durante las mañanas. Se corrió la voz y muchas veces llegaba muchísima gente del pueblo y de poblados vecinos que hacían la fila para atenderse en estas sesiones de sanación. Esto fue todo un éxito durante varios meses, incluso pudo haber sido por un par de años. Así fui durante algunos meses, aprendiz de curandero en la cuarta dimensión. No recuerdo bien la razón por la que se dejaron de dar estas terapias, pero viéndolo en retrospectiva, fue interesante mientras duró.

En otra ocasión, no se porque razón, pero tuvimos una huésped muy especial en nuestra casa de Tlayacapan. Una señora de más de ochenta años que se llamaba Indra Devi. Realmente un encanto de señora. Estuvo con nosotros varios días porque algo estaba haciendo en la Ciudad de Mexico y no sé quién o por que, se la presentaron a mi madre y como cosa rara, terminó como huésped de nosotros, pero así fue que conocimos un poco del hinduismo y el yoga mucho antes de que se pusiera de moda. Nosotros fieles a la costumbre, la llevamos a subir cerros, esta ocasión fue la subida al Tepozteco y justo esa semana que estuvo con nosotros, fue la fiesta patronal de Tlayacapan así que le tocó bailar con banda y chinelos por las calles del pueblo. Recuerdo perfectamente su pelo blanco y corto, que no comía nada animal y su vestimenta que me llamaba mucho la atención. Pero lo que más me cautivo de esta señora fue la paz que emanaba y también su historia, que era muy peculiar.

Indra Devi fue su pseudónimo o alias, en realidad no sé cómo se llamaba, pero a ella le gustaba que le dijeran simplemente Indra Devi o “Mataji” como le decían sus seguidores. Era de origen ruso, no sé en qué ciudad nació pero nos contaba que se vió obligada a salir huyendo de su patria cuando ella era todavía una adolescente. Fue justo en esos años que llegó la revolución bolchevique y toda la nobleza rusa salió huyendo, se mudó a Berlín en donde trabajó como actriz de teatro y bailarina. No sé porqué pero años más tarde, mientras leía “Lobo Estepario” de Herman Hesse, recordé a Indra Devi. Nos contó también sobre uno de sus escritores favoritos, Rabindranath Tagore y cómo fue que gracias a él, le vino una fascinación por la India que la llevo a tomar un barco y probar suerte en aquel país. Inmediatamente tuvo suerte y se posiciona como actriz en la farándula local, fue en este momento que comenzó a utilizar su pseudónimo. Si alguien ha ido a la India, sabe que sus costumbres no son fáciles y solo puedo imaginar lo difícil que le tuvo que haber sido abrirse paso en aquel país y sobretodo, que le dieran acceso a los secretos de su religión, su filosofía y el yoga. En esos años, en la India, el yoga era solo para hombres adultos y no se le permitía a una mujer participar. Pues no se cómo fué, pero Indra Devi siendo una mujer y occidental, logró ser alumna de Krishnamarchaya. Le tomó un año de ser su aprendiz para que le dieran el grado de Maestra de Yoga y una vez concluido, ella se convirtió en la Embajadora del Yoga a nivel mundial. Aperturó la primera escuela de yoga en Shanghai, al igual que los Estados Unidos, en California en dónde tengo entendido que vivió algunos años y tuvo como alumnas a actrices como Marilyn Monroe. Así, Indra Devi se consolidó como una figura mundial y tuve el honor de aprender algunas posturas de yoga con ella y sobre todo, de bailar a ritmo de banda y con chinelos en mi bello Tlayacapan y creo que muy pocas personas puedan decir eso!

En alguna otra ocasión, a mi madre le dio por conocer a los brujos de los truenos. Sobre los brujos de los truenos no se puede decir mucho. Primeramente el nombre se los inventé yo. Segundo, no existe literatura, leyendas ni nada escrito, así que lo único que existe es mi testimonio, aunque parezca insólito pero fue real. Esta corriente o secta tuvo gran importancia para mi madre no sé si por la ausencia de mi padre, pues cuando se adentró en este mundo él ya se no había adelantado o tal vez fue por su eterna búsqueda de conocimiento, difícil de saber a estas alturas, pero en éste punto y viéndolo en retrospectiva, creo que fue más por lo segundo. No recuerdo exactamente el mes o el año en el que ella los conoció, ni cómo o través de quién fueron presentados pero el “líder” de esta corriente o secta se hacia llamar Don Lucio. El vivía en un poblado cercano a Tlayacapan que se llama Totolapan, muy cerca de las faldas del cerro. Si alguna vez visitan este poblado, se darán cuenta que el poblado circunda un cerro y se extiende al norte hasta el ExConvento de San Guillermo. Yo fui varias veces pues era una de la rutas que me gustaba ir con mi caballo, porque me gustaba imaginarme mil aventuras y jugar en el túnel del tren que había por allí. Sobre Don Lucio existían muchas leyendas. La primera y más sonada porque él mismo la contaba, era que el había sido alcanzado en varias ocasiones por relámpagos, razón por la cual él poseía o decía poseer, una clase de conexión con los fenómenos naturales de la lluvia y las tormentas. No dudo que en efecto le haya caído algún rayo o estuvo cerca del lugar en donde sucedió, pues en todo su cuerpo tenía quemaduras ya cicatrizadas. También se decía que él era muy viejo y que podría tener mas de cien años, cosa que nunca podremos probar. Otra leyenda que se escuchaba de cierta gente mayor de Tlayacapan es que Don Lucio era un Nahual. Él era el Nahual de Totolapan y que era un brujo muy poderoso. El término Nahual viene del náhuatl Nahualli, que quiere decir “lo que es mi piel” o “lo que es mi vestido” y se refiere a la habilidad del Nahual de poder cambiar de forma o convertirse en un animal, como tecolotes, coyotes, águilas, y demás. Para los pueblos prehispánicos, el Nahual era uno de los hechiceros del pueblo y se basa en la creencia de que si un hombre conocía su espíritu primitivo o “Nahual”, entonces podía usar este poder para curar y practicar la magia. Éstas leyendas eran las que rodeaban a Don Lucio y era de esperarse, que con la búsqueda de conocimiento que llenaba a mi madre, solo era cuestión de tiempo para que se conocieran. Así también, tuve la experiencia de conocer de cerca esta secta. No creo que haya habido nada particularmente malo con sus creencias, al fin y al cabo eran tradiciones indígenas, tradiciones orales que se pasaban de generación en generación y en éste caso, los brujos de los truenos buscaban controlar de alguna manera ciertos fenómenos naturales como la lluvia, los truenos, las tempestades, las ráfagas de viento y similares a través del uso de rezos y ritos. Los rezos no los recuerdo, pero los ritos sí. Ya sea para “pedir” lluvia o para “impedir” chubascos o granizos que dañarán las cosechas, se encendía un sahumerio. El sahumerio tenia que ser de barro, ya sea café o negro. Con ingredientes exactos según lo que se buscara, fuera pedir o impedir lluvia se llenaba el sahumerio con ocote, savia de copal y otros ingredientes de los cuales no tengo la receta, pero se ponían y se encendía el sahumerio. Posteriormente empezaban los rezos hacia los cuatro puntos cardinales y haciendo ciertos movimientos con las dos manos sujetando dicho sahumerio se hacia el rito completo. Yo atestigüé varias veces estos ritos, incluso iba como acólito de mi madre llevando un sahumerio al lado de ella imitando sus movimientos y rezos y la verdad es que no creo que hayan logrado su cometido, pero todas las leyendas que se escuchaban alrededor de esta secta y de Don Lucio, eran interesantes por decir lo menos.

Así durante mi infancia, fuí iniciado guerrero del fuego, fuí curandero amateur en la cuarta dimensión, fuí aprendiz de brujo y como dije al inicio de este capítulo, tuve y tengo muy buena suerte, pues tuve la suerte de conocer todo esto, de vivir todo esto y de haber tenido una madre muy poco convencional que llevó a su hijo menor cosido en su falda (o debería decir pantalones), a todas sus aventuras, bueno no creo que a todas, pero si a las más importantes. Cómo muchas veces nos sucede a los seres humanos, las experiencias de la infancia, moldean a las personas para el resto de sus vidas aunque en ese momento yo no era consciente de esto, pero había sido expuesto a un mundo en dónde predominaba lo espiritual por encima de lo material y se había plantado una semilla que muy poco tiempo después, pensaría muerta y que mucho tiempo después, me di cuenta que seguía existiendo y que ha definido mi personalidad.